WHITE
Blanco. Techo blanco. Paredes blancas. Sábanas blancas. Pijama blanco. Bata de médico blanca. Todo blanco.
Demasiado blanco. Cierra los ojos porque tanta palidez está empezando a darle dolor de cabeza. O tal vez no sea la blancura la causante. Vuelve a abrir los ojos. Hasta los rostros de sus padres están pálidos. Eso último no le sorprende.
Apenas es capaz de reconocer la mitad de las palabras que del doctor, pero entiende lo suficiente. Entiende lo básico. Lo necesario. Lo necesario para saber que estaba bien jodida. “lo sentimos, pero realmente no podemos hacer nada más”. Esa es la única frase completa que ha sido capaz de procesar en su cerebro. El resto no. Aunque tampoco le importa demasiado.
Cierra los ojos. Tampoco puede decir que le sorprenda.
Porque cree que en el fondo de su ser ya lo sabía.
Demasiado cansancio, demasiados mareos, demasiada mierda en general.
Ya está. Finalmente ha acabado. Los medicamentos ya no funcionan, su cuerpo los rechaza. Y sus genes son demasiado raros para que se pueda hacer una trasfusión. Ya está. La leucemia que le diagnosticaron a los trece años finalmente ha vencido frente a sus defensas cuatro años más tarde.
Se dice a sí misma que ya lo sabía, que en el fondo no le importa. Pero sabe que es mentira. Cuando abre sus ojos el rostro de su madre ya no está tan pálido y su padre está hablando tan tranquilamente con el médico. Compone una mueca de desdén. “que les follen”.
De pronto, se pone nerviosa, no sabe exactamente por qué ni cómo, simplemente se altera. Oye un pitido lejano, voces algo alarmadas a su alrededor, a alguien llamándole por su nombre. Una enfermera se acerca con lo que parece ser una jeringuilla en la mano. Se retuerce, se niega, se rebela. Pero al final, todo a su alrededor se vuelve negro.
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Kea se acuerda bien de ese momento. Como para no acordarse.
Suelta el humo de su cigarrillo lentamente, mirando cómo se desvanece lentamente en el aire. “fumar es malo”. Le dice una voz en su interior. Pero tampoco le importa. Va a morirse pronto de todas formas.
Se estremece un poco al pensar eso, así que decide apartar esos sentimientos y limitarse a escuchar la canción que en esos momentos suena a todo volumen en su reproductor de música. Empieza a cantar la letra distraídamente.
Cuando acaba la canción, mira la hora en su ipod. Las ocho. Hacía tres horas que debía estar en casa. Eso sí que no le importa. Pero aun así tira el cigarro casi consumido y lo pisa para apagarlo. Se levanta y se estira perezosamente y empieza a caminar lentamente en dirección a su casa.
Se arrebuja más en su jersey de lana negro. Estaban en octubre y los otoños podían ser muy duros en esa ciudad.
-I walk a lonely road, the only one that I have ever know- Medio canta medio tararea la canción que suena en esos momentos.
Inevitablemente y sin venir a cuento, vuelve a acordarse de ese día que era blanco a pesar de que fuera casi otoño, todavía incluso se podría decir que era verano.
Un año de vida.
Un jodido año de vida.
Eso es lo que dijeron. Y ya habían pasado casi dos meses.
Dos meses en los que no había hecho nada especial. Simplemente seguir con su vida. Aunque tampoco fuera demasiado emocionante.
Su rutina consistía en levantarse, desayunar, ir al instituto, salir del instituto, dirigirse al almacén yellow box, pasando antes por la panadería para comprar bollería industrial y a veces por el estanco para conseguir más tabaco, y una vez en el yellow, pasar la tarde escuchando música, comiendo chucherías y fumando una cantidad definitivamente nada recomendable de cigarros.
Mientras camina por la calle, ya en su barrio, ve a un grupo de chavales que están jugando al fútbol, y que en cuanto ella se acerca un poco, salen corriendo y gritando cosas como fantasma y vampiro.
Kea frunce el ceño un poco. Sabe quiénes son esos niños y también sabe que le llaman así a causa de la extrema palidez de su piel.
Se debate entre ir donde esos críos y cerrarles la boca con su puño o seguir adelante. Finalmente decide ignorar a esos pequeños cabrones y seguir su camino. “Vive y deja vivir”. Piensa, la voz en su cabeza sonando tremendamente irónica y mordaz.
-My shadow's the only one that walks beside me. My shallow heart's the only thing that's beating- vuelve a cantar para tranquilizarse.
No tarda mucho más en llegar a su casa. Se para un momento ante la puerta, con las llaves en la mano y escuchando el silencio de dentro.
Puede sentir el enfado de sus padres al otro lado. Se le pasa por la cabeza la idea de largarse y no volver hasta mucho más tarde, pero sabe que eso solo empeorará las cosas. Con un encogimiento de hombros y dispuesta a soportar lo que cayese, mete la llave en la cerradura y finalmente la puerta se abre con un chasquido.
La casa está casi a oscuras. Solo la luz del comedor está encendida. Piensa pasar de largo, directamente hacia su habitación, pe la voz severa de su madre y la orden de que se siente con ellos de su padre la hace detenerse, quitarse los cascos e ir al comedor.
No dice nada mientras sus padres le echan el discurso que ya está empezando a ser casi habitual.
Que si está muy rara, que si la noticia también fue muy mala para ellos, que si tiene que recuperarse del golpe, que si su hermanita está sufriendo y demás cosas que a Kea le entran por un oído y le salen por el otro.
Cuando finalmente terminan, ella sale del salón y cuando está subiendo a su habitación se cruza con el pequeño engendro. El engendro sonríe socarronamente (todo lo socarronamente que puede sonreír un adorable angelito de rizos rubios de siete añitos, y Kea ha podido comprobar en carne y hueso que es mucho) y le pregunta con muy mala intención a ver si le han vuelto a echar la bronca. El engendro termina su discurso diciéndole que no le extraña que le castiguen, siendo tan fea como es. "me cago en mi hermana pequeña".
Kea se contiene a duras penas y en lugar de darle una patada que sin duda le acarrearía muchos problemas, peo que en cualquier otro momento le habría pegado, se limita a encogerse de hombros y dirigirse a su habitación.
Una vez allí, se desnuda y no resiste la tentación de ponerse delante del espejo. Sigue tan esquelética como siempre. Su pelo negro sigue teniendo el mismo corte desigual y sus ojos verdes esmeralda siguen sin tener ese brillo que se les suele adjudicar a las personas que son jóvenes y disfrutan de su vida.
Se encoge de hombros. Se pone el pijama y finalmente se duerme con los cascos puestos.
I walk this empty street
On the Boulevard of Broken Dreams
When the city sleeps
And I'm the only one and I walk a...
My shadow's the only one that walks beside me
My shallow heart's the only thing that's beating
Sometimes I wish someone up there will find me
'til then I walk alone...
Demasiado blanco. Cierra los ojos porque tanta palidez está empezando a darle dolor de cabeza. O tal vez no sea la blancura la causante. Vuelve a abrir los ojos. Hasta los rostros de sus padres están pálidos. Eso último no le sorprende.
Apenas es capaz de reconocer la mitad de las palabras que del doctor, pero entiende lo suficiente. Entiende lo básico. Lo necesario. Lo necesario para saber que estaba bien jodida. “lo sentimos, pero realmente no podemos hacer nada más”. Esa es la única frase completa que ha sido capaz de procesar en su cerebro. El resto no. Aunque tampoco le importa demasiado.
Cierra los ojos. Tampoco puede decir que le sorprenda.
Porque cree que en el fondo de su ser ya lo sabía.
Demasiado cansancio, demasiados mareos, demasiada mierda en general.
Ya está. Finalmente ha acabado. Los medicamentos ya no funcionan, su cuerpo los rechaza. Y sus genes son demasiado raros para que se pueda hacer una trasfusión. Ya está. La leucemia que le diagnosticaron a los trece años finalmente ha vencido frente a sus defensas cuatro años más tarde.
Se dice a sí misma que ya lo sabía, que en el fondo no le importa. Pero sabe que es mentira. Cuando abre sus ojos el rostro de su madre ya no está tan pálido y su padre está hablando tan tranquilamente con el médico. Compone una mueca de desdén. “que les follen”.
De pronto, se pone nerviosa, no sabe exactamente por qué ni cómo, simplemente se altera. Oye un pitido lejano, voces algo alarmadas a su alrededor, a alguien llamándole por su nombre. Una enfermera se acerca con lo que parece ser una jeringuilla en la mano. Se retuerce, se niega, se rebela. Pero al final, todo a su alrededor se vuelve negro.
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Kea se acuerda bien de ese momento. Como para no acordarse.
Suelta el humo de su cigarrillo lentamente, mirando cómo se desvanece lentamente en el aire. “fumar es malo”. Le dice una voz en su interior. Pero tampoco le importa. Va a morirse pronto de todas formas.
Se estremece un poco al pensar eso, así que decide apartar esos sentimientos y limitarse a escuchar la canción que en esos momentos suena a todo volumen en su reproductor de música. Empieza a cantar la letra distraídamente.
Cuando acaba la canción, mira la hora en su ipod. Las ocho. Hacía tres horas que debía estar en casa. Eso sí que no le importa. Pero aun así tira el cigarro casi consumido y lo pisa para apagarlo. Se levanta y se estira perezosamente y empieza a caminar lentamente en dirección a su casa.
Se arrebuja más en su jersey de lana negro. Estaban en octubre y los otoños podían ser muy duros en esa ciudad.
-I walk a lonely road, the only one that I have ever know- Medio canta medio tararea la canción que suena en esos momentos.
Inevitablemente y sin venir a cuento, vuelve a acordarse de ese día que era blanco a pesar de que fuera casi otoño, todavía incluso se podría decir que era verano.
Un año de vida.
Un jodido año de vida.
Eso es lo que dijeron. Y ya habían pasado casi dos meses.
Dos meses en los que no había hecho nada especial. Simplemente seguir con su vida. Aunque tampoco fuera demasiado emocionante.
Su rutina consistía en levantarse, desayunar, ir al instituto, salir del instituto, dirigirse al almacén yellow box, pasando antes por la panadería para comprar bollería industrial y a veces por el estanco para conseguir más tabaco, y una vez en el yellow, pasar la tarde escuchando música, comiendo chucherías y fumando una cantidad definitivamente nada recomendable de cigarros.
Mientras camina por la calle, ya en su barrio, ve a un grupo de chavales que están jugando al fútbol, y que en cuanto ella se acerca un poco, salen corriendo y gritando cosas como fantasma y vampiro.
Kea frunce el ceño un poco. Sabe quiénes son esos niños y también sabe que le llaman así a causa de la extrema palidez de su piel.
Se debate entre ir donde esos críos y cerrarles la boca con su puño o seguir adelante. Finalmente decide ignorar a esos pequeños cabrones y seguir su camino. “Vive y deja vivir”. Piensa, la voz en su cabeza sonando tremendamente irónica y mordaz.
-My shadow's the only one that walks beside me. My shallow heart's the only thing that's beating- vuelve a cantar para tranquilizarse.
No tarda mucho más en llegar a su casa. Se para un momento ante la puerta, con las llaves en la mano y escuchando el silencio de dentro.
Puede sentir el enfado de sus padres al otro lado. Se le pasa por la cabeza la idea de largarse y no volver hasta mucho más tarde, pero sabe que eso solo empeorará las cosas. Con un encogimiento de hombros y dispuesta a soportar lo que cayese, mete la llave en la cerradura y finalmente la puerta se abre con un chasquido.
La casa está casi a oscuras. Solo la luz del comedor está encendida. Piensa pasar de largo, directamente hacia su habitación, pe la voz severa de su madre y la orden de que se siente con ellos de su padre la hace detenerse, quitarse los cascos e ir al comedor.
No dice nada mientras sus padres le echan el discurso que ya está empezando a ser casi habitual.
Que si está muy rara, que si la noticia también fue muy mala para ellos, que si tiene que recuperarse del golpe, que si su hermanita está sufriendo y demás cosas que a Kea le entran por un oído y le salen por el otro.
Cuando finalmente terminan, ella sale del salón y cuando está subiendo a su habitación se cruza con el pequeño engendro. El engendro sonríe socarronamente (todo lo socarronamente que puede sonreír un adorable angelito de rizos rubios de siete añitos, y Kea ha podido comprobar en carne y hueso que es mucho) y le pregunta con muy mala intención a ver si le han vuelto a echar la bronca. El engendro termina su discurso diciéndole que no le extraña que le castiguen, siendo tan fea como es. "me cago en mi hermana pequeña".
Kea se contiene a duras penas y en lugar de darle una patada que sin duda le acarrearía muchos problemas, peo que en cualquier otro momento le habría pegado, se limita a encogerse de hombros y dirigirse a su habitación.
Una vez allí, se desnuda y no resiste la tentación de ponerse delante del espejo. Sigue tan esquelética como siempre. Su pelo negro sigue teniendo el mismo corte desigual y sus ojos verdes esmeralda siguen sin tener ese brillo que se les suele adjudicar a las personas que son jóvenes y disfrutan de su vida.
Se encoge de hombros. Se pone el pijama y finalmente se duerme con los cascos puestos.
I walk this empty street
On the Boulevard of Broken Dreams
When the city sleeps
And I'm the only one and I walk a...
My shadow's the only one that walks beside me
My shallow heart's the only thing that's beating
Sometimes I wish someone up there will find me
'til then I walk alone...
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